Nueve sacerdotes de la congregación fundada por Don Bosco fueron beatificados en Cracovia por su fidelidad a Cristo durante la persecución nazi.
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La Congregación Salesiana ha visto elevados a los altares a nueve de sus sacerdotes polacos, asesinados en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau durante la Segunda Guerra Mundial. La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 6 de junio en el Santuario de San Juan Pablo II de Cracovia, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos.
Durante el rezo del Ángelus del 14 de junio, León XIV se refirió a los nuevos beatos y subrayó que «todos fueron beatificados como mártires, como víctimas de la persecución por regímenes totalitarios debido a su fidelidad a Cristo».
Los sacerdotes elevados a la gloria de los altares son Jan Swierc, Ignacy Antonowicz, Karol Golda, Wlodzimierz Szembek, Franciszek Harazim, Ludwig Mroczek, Ignacy Dobiasz, Kazimierz Wojciechowski y Franciszek Miska. Todos ellos pertenecían a la Congregación Salesiana y murieron entre 1941 y 1942, tras ser detenidos durante la ocupación alemana de Polonia.
En octubre de 2025, el Papa firmó el decreto que reconocía que estos sacerdotes fueron asesinados «en odio a la fe», requisito indispensable para proceder a su beatificación.
Antes del estallido de la contienda, los salesianos de Polonia realizaban una intensa labor educativa a través de escuelas, centros de formación profesional, hogares para jóvenes y seminarios.
El superior provincial salesiano de Cracovia, padre Dariusz Bartocha, explicó que la persecución contra estos nuevos mártires se debió precisamente a su dedicación a la educación. «Dieron sus vidas porque educaron a los jóvenes, y por eso eran peligrosos para el ocupante», afirmó el religioso.
Bartocha recordó que el régimen nazi veía como enemigos a sacerdotes, maestros e intelectuales polacos, considerándolos obstáculos para sus objetivos de destruir la identidad nacional y eliminar cualquier resistencia.
«Cualquiera que preservara la identidad de una nación, cualquiera que fortaleciera su espíritu y unidad, era inconveniente para un ocupante», señaló el padre Bartocha.
Los documentos del proceso de beatificación revelan que muchos de estos futuros beatos eran plenamente conscientes del riesgo que enfrentaban, pero optaron por mantenerse junto a sus fieles y asumir las consecuencias de su lealtad al Evangelio.
Un caso particularmente significativo es el de Kazimierz Wojciechowski, quien se presentó voluntariamente ante las autoridades alemanas para ocupar el lugar de un anciano sacerdote que era buscado por los ocupantes.
Igualmente notable es el de Wlodzimierz Szembek, que se ofreció a acompañar a un compañero de edad avanzada que estaba siendo perseguido por las fuerzas de ocupación.
Para el padre Bartocha, estos actos encarnan la expresión más genuina del amor cristiano: «Es el tipo más verdadero de amor, el que da la vida por otro».
Entre los nuevos beatos, el padre Karol Golda ha suscitado un interés particular por su ministerio pastoral durante los años de persecución.
El postulator general de los salesianos, padre Pierluigi Cameroni, lo caracterizó como «un mártir de la confesión», pues continuó administrando el sacramento de la reconciliación cuando toda actividad sacerdotal estaba prohibida por las autoridades.
Cameroni explicó que Golda llegó incluso a confesar a miembros de las SS, lo que le permitió acceder a información de gran sensibilidad para el régimen nazi.
La ceremonia congregó a miles de fieles y contó con la asistencia de numerosos obispos, sacerdotes y religiosos, así como de los cardenales Grzegorz Rys, Stanislaw Dziwisz y Reinhard Marx.
La elección del Santuario de San Juan Pablo II no fue casual. Varios de los nuevos beatos ejercieron su ministerio en una parroquia salesiana que frecuentaba el joven Karol Wojtyla, quien incluso presenció la detención de algunos de ellos.
Los organizadores decidieron poner el acento en la vida de los mártires más que en las circunstancias de su muerte. Por ello, la celebración incluyó la exposición de objetos personales: cartas, cuadernos, documentos, gafas y un diploma académico de los nuevos beatos.
Uno de los momentos de mayor emoción llegó cuando un testamento manuscrito de uno de los mártires fue colocado junto a una urna con cenizas procedentes de Auschwitz.
Para el padre Pierluigi Cameroni, la beatificación de estos nueve salesianos trasciende el contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial y constituye un llamamiento actual a la fidelidad cristiana.
Evocando una expresión de san Juan Pablo II que calificaba a los mártires del siglo XX como «soldados desconocidos en la gran causa de Dios», el religioso afirmó que estos beatos demuestran cómo la verdadera victoria corresponde a quienes permanecen fieles a Cristo incluso en medio de la persecución.
«La beatificación es un mensaje fuerte para el mundo contemporáneo. Nos recuerda que la fe tiene un costo, y que la educación y la responsabilidad hacia los jóvenes requieren coherencia y valentía», concluyó el padre Cameroni.
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