Más de siete décadas dedicadas al ministerio pastoral en la Diócesis de Cádiz y Ceuta.
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El P. Juan José del Junco Domenech, primer sacerdote de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, falleció el 30 de mayo a los 100 años en La Línea de la Concepción. El Opus Dei comunicó su muerte y destacó su aportación fundamental a la espiritualidad de los sacerdotes seculares y su entrega constante al servicio de la Iglesia durante más de tres cuartos de siglo.
Con 76 años de ministerio en su haber, el P. Junco fue reconocido como “referente espiritual del Campo de Gibraltar” y llevaba el título de Prelado de Honor de Su Santidad. Su funeral se celebró el 31 de mayo a las 13:00 horas en el santuario de la Inmaculada, presidido por Mons. Ramón Valdivia, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.
El alcalde de La Línea, Juan Franco, manifestó su dolor por la desaparición del sacerdote, a quien la ciudad había nombrado Hijo Adoptivo en 2001. “Hoy nos ha dejado el Padre Junco, una persona que deja un gran legado en La Línea de la Concepción”, declaró el alcalde, quien también trasladó sus condolencias a los familiares del difunto.
Nacido en Tenerife el 4 de marzo de 1926, el P. Junco descubrió temprano su vocación al sacerdocio. Tras completar su formación en el seminario, recibió la ordenación el 26 de junio de 1950 en Cádiz. Su primer destino fue la parroquia del Sagrado Corazón en La Colonia, donde ejerció hasta 1958, cuando se trasladó a la parroquia de La Inmaculada, donde permanecería hasta su jubilación en 2001.
Se incorporó a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en mayo de 1952, desempeñando un papel decisivo en la formación espiritual de sacerdotes y fieles dentro del Opus Dei. Durante su existencia tuvo el privilegio de encontrarse con San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, quien le dispensó un gesto de afecto que, según la tradición, le sanó de una dolencia de garganta.
Su influencia permanece viva en la comunidad, donde fue estimado por su entrega y su devoción a la Virgen María. Construyó una ermita dedicada a la Virgen de Fátima, donde celebraba la Eucaristía mensualmente. Incluso en sus últimos meses, continuó ofreciendo dirección espiritual a pesar de su enfermedad, demostrando un compromiso inquebrantable con la fe y con la comunidad a la que consagró su vida.
