El cardenal José Cobo ha invitado a representantes de Crismhom al encuentro de León XIV con el mundo de la cultura y la sociedad civil. Y, como suele ocurrir en estos casos, la noticia llega envuelta en esa niebla pastoral tan característica de la época: nadie cambia oficialmente la doctrina, nadie dice expresamente que el Catecismo haya quedado para el museo, nadie proclama una nueva moral sexual desde la catedral. Simplemente se invita, se sonríe, se fotografía, se acompaña y se deja que los gestos hagan el trabajo que antes hacían los documentos doctrinales.
Un amigo me enviaba hace unos días una fotografía tomada en el Paseo de la Castellana. A la altura del estadio Santiago Bernabéu, donde habitualmente se suceden el tráfico, las prisas y el paisaje urbano de cualquier gran capital europea, se levantaba una enorme cruz. Había sido instalada con motivo de la vigilia que tendrá lugar durante la visita del Papa León XIV a España.
Tengo muchas ganas de que el Papa León XIV venga este viernes a Madrid. Lo digo de corazón. Es una alegría inmensa recibir al Santo Padre en nuestra tierra después de tantos años sin una visita del Papa.
La empresa mediática neoyorkina ´The Epoch Times´ ha publicado una entrevista en TV, moderada por Jan Jekielek a mediados de abril 2026, en la que Kristen Jenson revela sin tapujos la realidad pura y dura de la pornografía infantil en USA.
Hay quienes llevan años anunciando la muerte de la fe en España. Luego llega Pentecostés, se abren los caminos de Andalucía y cientos de miles de personas marchan hacia la Virgen del Rocío, o a cualquier romería de la Virgen de su pueblo.
El cardenal José Cobo ha llamado a “superar la polarización y apostar por el bien común” en una entrevista concedida a Religión Digital. La frase, tomada en sí misma, resulta difícilmente discutible. La Iglesia y la sociedad española necesitan menos bloques enfrentados, menos etiquetas automáticas y mayor disposición a escuchar a quien piensa de otra manera. Hasta ahí, nada que objetar.
Una recuerda perfectamente aquellas imágenes de la JMJ de Madrid. Filas interminables de jóvenes esperando para confesarse bajo el sol de agosto en el parque de El Retiro. Sacerdotes de medio mundo atendiendo en distintos idiomas. Confesionarios llenos hasta la noche. Gente arrodillada. Silencio. Penitencia. Absolución. Iglesia Católica en estado puro.
La semana pasada, durante una conversación con un sacerdote, escuché una afirmación que me sorprendió profundamente. No porque encerrara una gran novedad teológica, sino porque contenía una verdad tan evidente que a menudo pasa desapercibida. “En la Iglesia estamos los más necesitados”.
El 8 de septiembre de 1943 Italia se derrumbó militarmente y los alemanes ocuparon Roma, transformando la ciudad eterna en una capital bajo administración nazi. Poco después, las autoridades alemanas exigieron a la comunidad judía de Roma la entrega de 50 kilos de oro bajo amenaza de deportación, un preludio del horror que estaba por venir.
Desde pequeño he tenido la inmensa suerte de recibir una sólida formación cristiana. Crecí escuchando hablar de las grandes llamadas que Dios puede hacer al corazón humano: el matrimonio, la vida consagrada, el sacerdocio e incluso la vocación a la soltería.
La reciente tensión verbal entre Donald Trump y León XIV ha vuelto a poner sobre la mesa una confusión recurrente: la tentación de leer el Evangelio con las gafas de la política interna de Estados Unidos.
Querido Monseñor Elizalde:
Hay escenas eclesiales que parecen salidas de la pluma de alguien con memoria de sacristía, oído atento y cierta dosis de mala intención. Dos sacerdotes presentan una carta en nombre de 52 colegas. Solo dos firman. Los otros 50 permanecen en esa práctica pastoral tan frecuente en ciertos círculos: presencia real, pero cuidadosamente invisible.
Hace años el Occidente cristiano está luchando contra los planes maléficos de la Agenda de Davos 2030, en la que tienen la voz cantante las sociedades secretas.
En marzo de 2019, el Papa Francisco dejó caer una frase que en su momento sonó casi a reproche y que, con el paso del tiempo, ha ido adquiriendo un aire de diagnóstico certero. Condicionaba su visita a España a que “nos pusiéramos de acuerdo”, a que hubiera cierta paz entre nosotros.
Hay una escena que se repite con una fidelidad casi litúrgica: un hombre —podría ser cualquiera— se sienta un momento, desbloquea el móvil "solo para ver una cosa" y, sin saber muy bien cómo, lleva diez minutos deslizando el dedo. No buscaba nada concreto. Pero encuentra siempre lo mismo.
La nota "Cor ad cor loquitur" de la Conferencia Episcopal Española ha puesto el dedo en una llaga muy actual: confundir emoción con voluntad de Dios.
En alguna mesa de despacho eclesial alguien debió de pensar que faltaba un concepto capaz de abrazarlo todo: la fe, la familia, el reciclaje, la economía doméstica, la moral sexual, la cesta de la compra y, si se tercia, el uso razonable del autobús. Y apareció la fórmula mágica: ecología integral. Suena bien. Muy redondo. Tan redondo que dentro cabe casi cualquier cosa.
Este fin de semana he asistido a la misa de clausura de un retiro de Effetá, y mientras observaba los rostros de quienes acababan de vivir la experiencia, entre lágrimas, abrazos y silencios difíciles de explicar, no podía evitar pensar en el debate que desde hace tiempo rodea a estos retiros. En los últimos años han proliferado en España y, con ellos, también las críticas.
Si una persona no ha tenido unos padres que la han educado en el amor y en la fe, tiende a caer luego en valores vacíos y engañosos. El hombre piensa que es libre, pero en el fondo está dominado por cadenas invisibles.
Hay recuerdos que no se aquietan con el paso del tiempo. No se suavizan ni se acomodan en la nostalgia. Permanecen, más bien, como una pregunta abierta. Así sucede, justo un año después de su fallecimiento, con la figura del Papa Francisco. Cuya memoria no invita tanto a la evocación complaciente, sino a la incomodidad de quien se sabe interpelado.
Hay algo que me produce una enorme compasión cuando pienso en muchos sacerdotes: vidas entregadas sin reservas, sin cálculo, sin ese refugio tan humano de reservarse parcelas propias. Vidas que no se protegen a sí mismas porque están volcadas en los demás.
La gran guerra en el Oriente Medio podría desencadenar una presión inmigratoria sin precedentes, principalmente desde el Irán, hacia países europeos.
Hay redacciones que trabajan con fuentes, contraste y un mínimo pudor profesional. Y luego están las que parecen funcionar con otra técnica: se lanza la pedrada, se espera el ruido y, si llega una demanda, ya se verá. La mancha corre, el prejuicio hace caja y el lector predispuesto queda servido con su ración de sospecha.
En un tiempo en el que el poder se mide en seguidores, votos y capitalización bursátil, conviene recordar que existen formas de autoridad que no se someten al vaivén de las urnas ni al dictado de los mercados. Resulta, por ello, profundamente irónico que el estadounidense más poderoso del planeta no habite en la Casa Blanca, sino tras los muros discretos del Vaticano. Y, sin embargo, ahí está la paradoja que parece incomodar a Donald Trump: que otro compatriota suyo, investido no de poder político sino de autoridad moral, ocupe la cátedra de Pedro bajo el nombre de León XIV.
