El cardenal José Cobo ha invitado a representantes de Crismhom al encuentro de León XIV con el mundo de la cultura y la sociedad civil. Y, como suele ocurrir en estos casos, la noticia llega envuelta en esa niebla pastoral tan característica de la época: nadie cambia oficialmente la doctrina, nadie dice expresamente que el Catecismo haya quedado para el museo, nadie proclama una nueva moral sexual desde la catedral. Simplemente se invita, se sonríe, se fotografía, se acompaña y se deja que los gestos hagan el trabajo que antes hacían los documentos doctrinales.
El cardenal José Cobo ha llamado a “superar la polarización y apostar por el bien común” en una entrevista concedida a Religión Digital. La frase, tomada en sí misma, resulta difícilmente discutible. La Iglesia y la sociedad española necesitan menos bloques enfrentados, menos etiquetas automáticas y mayor disposición a escuchar a quien piensa de otra manera. Hasta ahí, nada que objetar.
Una recuerda perfectamente aquellas imágenes de la JMJ de Madrid. Filas interminables de jóvenes esperando para confesarse bajo el sol de agosto en el parque de El Retiro. Sacerdotes de medio mundo atendiendo en distintos idiomas. Confesionarios llenos hasta la noche. Gente arrodillada. Silencio. Penitencia. Absolución. Iglesia Católica en estado puro.
Querido Monseñor Elizalde:
Hay escenas eclesiales que parecen salidas de la pluma de alguien con memoria de sacristía, oído atento y cierta dosis de mala intención. Dos sacerdotes presentan una carta en nombre de 52 colegas. Solo dos firman. Los otros 50 permanecen en esa práctica pastoral tan frecuente en ciertos círculos: presencia real, pero cuidadosamente invisible.
Hay una escena que se repite con una fidelidad casi litúrgica: un hombre —podría ser cualquiera— se sienta un momento, desbloquea el móvil "solo para ver una cosa" y, sin saber muy bien cómo, lleva diez minutos deslizando el dedo. No buscaba nada concreto. Pero encuentra siempre lo mismo.
En alguna mesa de despacho eclesial alguien debió de pensar que faltaba un concepto capaz de abrazarlo todo: la fe, la familia, el reciclaje, la economía doméstica, la moral sexual, la cesta de la compra y, si se tercia, el uso razonable del autobús. Y apareció la fórmula mágica: ecología integral. Suena bien. Muy redondo. Tan redondo que dentro cabe casi cualquier cosa.
Hay redacciones que trabajan con fuentes, contraste y un mínimo pudor profesional. Y luego están las que parecen funcionar con otra técnica: se lanza la pedrada, se espera el ruido y, si llega una demanda, ya se verá. La mancha corre, el prejuicio hace caja y el lector predispuesto queda servido con su ración de sospecha.
En una rueda de prensa —de esas que deberían girar en torno a símbolos, ilusión y anuncio— se presenta el logo oficial de la visita de León XIV a España. Todo parece encajar: imagen, mensaje, expectativa. Y, sin embargo, entre los datos ofrecidos, se desliza una idea que pesa más de lo que aparenta.
En estos días, una no deja de escuchar que Torrente presidente “es la de siempre, pero con política”. Lo dicen con esa media sonrisa de quien ya sabe a lo que va. A mí, en cambio, me basta esa frase para decidir que no voy. Y, sobre todo, para inquietarme por otra cosa: la cantidad de católicos que sí irán… sin plantearse siquiera si les conviene.
Una entra en una iglesia y espera encontrar silencio, recogimiento, una lámpara encendida, el rumor de una oración quizá torpe pero sincera. Lo normal. Lo católico. Lo civilizado, incluso. No espera, desde luego, encontrarse con un número de vergüenza ajena servido entre aplausos, capote y contorsión de famoso jubilado, como si el presbiterio fuera una mezcla de plató de sobremesa y verbena con barniz solidario. Pero ya se ve que hay quienes confunden la casa de Dios con un salón de actos al que solo le falta una máquina de humo.
En algún despacho vaticano —papel bien alineado, prosa prudente, misericordia en dosis administradas— alguien ha recordado de pronto que la Iglesia aún sabe escribir frases con sujeto, verbo y doctrina. Y ya era hora.
La escena era de foto oficial, de pasillo enmoquetado, de sonrisas medidas y firmas solemnes para consumo público.
Cayó en mis manos el último número de Vida Nueva y, la verdad, tampoco puedo fingir sorpresa. Una abre la revista con esa mezcla de curiosidad y prevención con la que se mira una cazuela sospechosa en la nevera: quizá esté mejor de lo que parece, pero lo normal es que confirme lo que ya temías. Y sí, las sospechas se confirmaron otra vez. Aviso a navegantes.
Eldiario.es publicó ayer un artículo firmado por Jesús Bastante, redactor jefe de Religión Digital y una de las firmas más veteranas del periodismo religioso en España, con un titular tan rotundo como este: “Los obispos denuncian el ‘bombardeo emocional’ de Hakuna o Emaús que puede acabar en ‘abuso espiritual’”.
Alvise Pérez ha vuelto a hacerlo. El agitador que ha construido su notoriedad a base de acusaciones espectaculares sin demasiada preocupación por las pruebas ha decidido ahora apuntar directamente contra la Iglesia católica.
En la alfombra roja todo brilla. Los focos, las joyas, los trajes imposibles. Y, por lo visto, también el ingenio cuando se trata de hacer un chiste sobre monjas. Porque en la gala de los Goya emitida por RTVE hubo espacio para el rezo convertido en guiño irónico, para el “amén, hermanas” lanzado con esa sonrisa de complicidad que busca la carcajada fácil.
En la estantería principal de una redacción suele descansar, con aire de reliquia, el libro de estilo: ese manual que se cita cuando conviene recordar al público que aquí se trabaja con verificación, contraste y respeto por los hechos. En El País, el compromiso se formula sin ambigüedades: las informaciones relevantes deben confirmarse con varias fuentes independientes, con el listón simbólico de tres como regla prudente.
Recientemente, el obispo de Málaga, José Antonio Satué, ha generado una gran polémica con sus declaraciones sobre la homosexualidad, publicadas en una entrevista con Málaga Hoy. En la misma, afirmó que "ser homosexual no es pecado", lo cual, desde un punto de vista doctrinal, es correcto. La Iglesia siempre ha enseñado que la inclinación homosexual en sí misma no constituye pecado, sino que es la acción, el acto, lo que es moralmente cuestionable.
España ha desarrollado una forma muy cómoda de indignarse: se elige un escenario, se encienden los focos, se adopta el gesto grave y se recita la liturgia reglamentaria. Luego se apaga la iluminación, se pasa página y las víctimas vuelven a quedarse donde estaban: esperando. La conciencia pública, eso sí, queda impecable. En el papel.
Nunca debiste cruzar el Mississippi, Gabi. Te lo advertí y lo desoíste. No es una amenaza —no te pongas paranoico—: es la consecuencia natural de una decisión torpe. Cuando uno se expone, se vuelve vulnerable.
Acaba de publicarse en Religión Digital un artículo firmado por Jesús Bastante que lleva por título Llamados' a 'Despertar': la ultraderecha se cuela en los macroeventos 'católicos. Olé tus perendengues, Bastante, pero creo que hablas de oídas o juegas al teléfono escacharrado.
Ayer, 17 de enero, Vistalegre reunió a más de 6.000 personas —en su mayoría jóvenes— en “El Despertar”, un encuentro articulado con una lógica sencilla y, a la vez, poco frecuente: primero silencio e interioridad, después diálogo público con distintos perfiles y, al final, música y convivencia. No hacía falta compartir cada idea para reconocer lo evidente: allí se juntó gente para escuchar, pensar y debatir, no para corear un eslogan.
Después de leer esta entrevista en Vida Nueva Digital me quedo, de verdad, patidifusa. No porque el cardenal José Cobo diga algo especialmente escandaloso, sino por algo más desconcertante: por la sensación de que, cuando habla, no lo hace como un pastor de almas, sino como alguien que gestiona un repertorio de conceptos. Y lo que vuelve todo esto aún más llamativo es el lugar donde lo hace. No estamos ante una conversación en un medio generalista- No es una entrevista en el periódico laicista El País, donde quizá hasta se aplaudiría un registro más institucional, más de “proceso”, más de equilibrio y encaje. No. Estamos en una publicación religiosa, en un entorno donde lo natural sería que el corazón del asunto respirara por sí solo. Y, sin embargo, ese corazón apenas late.
Me escribe quien firma como “Sergio Gámez” para “agradecer” a los obispos el acuerdo recién firmado con el Gobierno sobre reparación a víctimas de abusos. Agradecer. Porque cuando un sistema se diseña con grietas, el oportunista no se esconde: se presenta, sonríe y aplaude.
Hay reuniones que, aun celebrándose a puerta cerrada, hacen más ruido del que parece. El consistorio que estos días reúne en Roma al Papa León XIV con los cardenales es una de ellas. No por comunicados oficiales —que siempre llegan limpios, prudentes y algo deshidratados—, sino por lo que se filtra en voz baja: la preocupación por la liturgia y, más en concreto, por la herida abierta en torno a la misa tradicional tras los intentos de arrinconarla durante el pontificado anterior.
