Amar también es dejar volar

Amar también es dejar volar

Miguel P. Herrador

Columnista de Opinión Religiosa


Hay una mentira que repetimos con demasiada frecuencia: creer que amar es tener. Que cuanto más cerca mantenemos a alguien, más grande es nuestro amor. Pero el amor nunca ha sido una forma de posesión.

A veces, el acto más grande de amor no consiste en abrazar, sino en abrir las manos. En soltar…

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Quien ama de verdad desea el bien del otro incluso cuando ese bien no pasa por uno mismo. Y eso duele. Duele profundamente. Porque el amor auténtico no deja de sufrir; simplemente renuncia a convertir el sufrimiento en una cadena para quien ama.

Dios nos lo enseña desde la primera página del Evangelio. Llama a los discípulos, pero no obliga a ninguno a seguirle. Al joven rico le mira con amor y le deja marchar cuando este prefiere sus riquezas. Llora sobre Jerusalén porque no ha querido acogerle. En la cruz ruega por quienes le crucifican, pero no baja de ella para imponerse. Incluso después de la Resurrección no fuerza la fe de Tomás: le ofrece sus llagas y espera su respuesta. Dios podría doblegar cualquier voluntad, pero prefiere conquistar el corazón con la paciencia del amor.

Quizá por eso el amor de Dios resulta tan desconcertante. Nunca retiene, nunca manipula, nunca obliga. Espera. Respeta. Permanece. Como el padre del hijo pródigo, contempla con dolor cómo su hijo se aleja, pero no corre tras él para impedir su marcha; deja que la libertad haga su camino y mantiene la puerta abierta para el regreso. Porque Dios sabe que solo el amor libre puede ser verdadero.

Por eso hay palabras que solo pueden pronunciar quienes aman de verdad. «Vuela». No se trata de que el corazón deje de latir, sino precisamente porque late con tanta fuerza que es incapaz de encerrar aquello que ama.

Solo quien necesita poseer termina reteniendo. Quien ama de verdad acompaña, bendice y, si llega el momento, deja partir con lágrimas en los ojos… pero con paz en el alma.

El amor no se mide por lo fuerte que sujetamos a alguien, sino por la libertad con la que somos capaces de decirle: sé feliz, aunque no sea conmigo.

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